Marita Pérez Díaz
Ceballos es un pueblito que no aparece en el mapa. A través de la música, el grupo Arnaldo y su Talismán le ha dado fama de ser la Tierra de la Soledad. Y quizá es cierto. Su tierra colorada nutre las frutas de los silenciosos naranjales que rodean los preuniversitarios en el campo, de esos cítricos que muchas veces calmaron el hambre y la sed. Así se llamaba o, mejor dicho, se llama mi escuela: Ceballos 2, como le decían popularmente, aunque en verdad lleva el nombre del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz.
Recuerdo con nostalgia cuando me gradué de bachiller. Fue una mañana soleada y con viento. Todos estábamos cansados por la recreación de la noche anterior, pero de las miradas somnolientas y los bostezos surgían momentos de euforia instantánea. Incluso Rosita, que nunca bailaba, amaneció al ritmo de la conga de Ceballos. Ella era de ahí y su mamá nos llevaba todos los jueves un batido de guayaba que le decíamos “la crema”.
Es curiosa la historia de Rosita. Nunca pensé que me acordara tanto de ella, pero es que a veces la vida nos juega malas pasadas, como le sucedió. Rosita es de esas muchachitas estudiosas, con un libro a mano y siempre dispuesta a ayudar con las tareas de matemáticas, biología, física, español…
Ese día ella estaba muy atareada preparando el discurso de los graduados. Pero nunca perdía la compostura. Bajo las banderas que adornaban la actividad, ella terminaba los últimos arreglos. El cielo estaba despejado y el ambiente muy limpio, porque dos meses antes habían cambiado el fogón de leña por uno nuevo de gas. ¡Qué bueno! Aunque siempre pasa lo mismo, justo cuando nos vamos de la escuela viene lo mejor. No importa, ese día me alegré de que el aire no estuviera contaminado con el humo leñoso desprendido desde la cocina.
Yo sabía algo no iba a salir bien, pero no sabía qué. Rosita no es mi mejor amiga, pero es una muchacha noble y digna de respeto. No sé por qué su mirada se perdía a lo lejos, más allá de la última bandera, como si buscase algo… o a alguien.
En ese momento tan esperado de nuestras vidas no sé cuántas cosas vienen a la mente, cuántos recuerdos y emociones juntas. Mientras cantaban “Amigos para siempre”, no pude evitar contener las lágrimas y algo grande en la garganta me impedía tragar. Miré con discreción alrededor y vi que Rosita tampoco pudo aguantar. Ella me sorprendió observándola y no hicimos más que intercambiar una sonrisa de complicidad.
La poesía, por supuesto, no puede faltar en una graduación. A cada grupo se le dedica una décima que compone el profesor de español, el fundador de la escuela. Mi grupo se puso de pie y los versos sonaron a río y madera, con un sabor a zumo de naranja y calor de mediodía. Fue el resumen de tres años en la lírica criolla de diez versos.
Mi mamá no paraba de fotografiarme y ya casi cegada por el flash de la cámara, me di cuenta de lo que andaba mal. La mamá de Rosita no había llegado. Allí estaba ella, con su uniforme azul, el mejor planchado de toda la escuela, su ceño fruncido y sus ojos llorosos. ¿Por qué no habría ido su mamá?
La vida nos trae muchas sorpresas. Algunas buenas y otras no. A Rosita le sucedió una de las buenas: fue elegida como “Mejor Alumna Integral”. Estoy segura de que las piernas le temblaron. Su nerviosismo aumentó cuando comenzó a leer el discurso del graduado. A cada instante miraba al público con la esperanza de reconocer algún rostro familiar, pero no uno cualquiera. Hubiera dado todo por ver en ese momento la cara sonriente de su madre…
De pronto, su madre apareció a lo lejos, caminando por la carretera. Cuando se encontraron estuvieron abrazadas llorando más de cinco minutos, siete, doce o una eternidad tal vez. Había llegado lo suficientemente tarde como para no presenciar uno de los momentos más importantes en la vida de su hija. Solo pude oír algunas palabras entrecortadas por los sollozos: “camino”… “16 kilómetros”… “tren”… “tarde”.
Ceballos es un pueblito olvidado. Pero ahí también hay graduaciones, y también hay madres que caminan 16 kilómetros, y llegan tarde, y sufren. Cuando me fui, las vi sentadas en el carretón tirado por la mula vieja de Manolo. La mamá de Rosita llevaba en una mano los papeles ya estrujados de los premios y, en la otra mano, creo que llevaba su corazón.